Para los habitantes de este lugar, el día de los difuntos que se celebra el uno y dos de noviembre, es de gran importancia para convivir, acompañar y recordar los mejores momentos que mantuvieron con sus seres queridos.
A comienzos del año 1910, un pequeño terreno fue adecuado por los moradores para enterrar a los niños "aucas", llamados así porque no eran bautizados; en 1933 se construye un nuevo cementerio a pocos metros del antiguo con la finalidad de dar un mejor servicio al pueblo San Roqueño.
Amanece, el alba se presenta majestuoso y lleno de energía, cobijada el pecho con el con el taita Imbabura y a sus espaldas con la mama Cotacachi. Desde lejos vienen caminando las primeras personas cargando alimentos cubiertos con pañuelos y luciendo su vestimenta típica: alpargatas, anacos, camisas bordadas con bellos colores y chalinas que adornan sus cabezas. Mientras tanto los puestos de venta se ubican frente al cementerio, estos ofrecen diversidad de frutas como manzanas, ovos, mandarinas, bananos, sandías, y otros productos deliciosos para acompañar la mañana fresca. La colada morada con las deliciosas guaguas de pan, el arroz revuelto y el ornado se ofrecen con amabilidad y cariño a los visitantes. Las coronas, flores y adornos para las tumbas, se comercializan también como parte de esta linda tradición. El ir y venir de la gente da vida a las calles, el saludo entre amigos, los abrazos y las palabras de cariño, se cruzan entre los finos hilos de las horas y quedan grabadas en el corazón del pueblo que acoge a propios y extraños.
Una vez dentro del cementerio se puede apreciar el compartimiento en que los difuntos fueron enterrados, unos en el suelo y otros en bóvedas o nichos. Juan Pijal, un joven de 18 años, lleva en sus manos un balde con pintura, una brocha y una pala; es quien desde las 7 de la mañana ofrece pintar las cruces, limpiar las lápidas, o quitar la hierba de las tumbas
- Estoy esperando que alguien necesite de mi ayuda, yo le cambio o le decoro la tumba al gusto del cliente.
A las diez de la mañana, el cementerio se vuelve repleto de personas que visitan a sus seres queridos, la familia se congrega en las tumbas y frente a ellas se sirven los alimentos que en vida fueron apetecidos por el difunto. Algo singular sucedía frente a la tumba número 203, un grupo de personas se concentraban en círculo y luego cada uno lanzaba de sus manos un líquido, después colocaron alrededor de la cruz del difunto unas dos velas, una roja y otra blanca, de esta manera procedieron a comer, entre todos se repartían la comida, había choclo, arroz con papas, fréjol, pan y coca cola.
Otra familia de indígenas llevaron la comida preparada en ollas, estas contenían arroz, papas, arvejas y pollo. En compañía de sus cinco hijas y sus yernos, Jimmy Tocagón, de 80 años, rezó en quichua sobre la tumba de su padre. Después del rezo compartieron la comida que llevaron, esta tradición la practica desde que era niño. Familias como la de Magola Benavides, dejaron un guineo, un pan y un baso de gaseosa sobre la cruz de su tío.
El silencio del cementerio de San Roque se interrumpió cuando a la capilla llegó un grupo de mariachis para acompañar a las personas con música acorde al momento. Los Tamaulipas, dirigido por Henry López, está conformando por una mujer y cuatro hombres; su vestimenta negra con bordes anaranjados da el toque elegante de un verdadero mariachi. Una de las peticiones por parte de los familiares era la conocida canción "En Vida", posteriormente entonaron El Aguacate dedicado a Xavier Cárdenas, que murió en 1980, -A él le gustaba esa canción, decía Carmen, una de sus hijas.
Una hora antes del medio día, dos monaguillos, ingresaron al cementerio tocando las campanas, vestían atuendos blancos con una banda roja, les seguía el sacerdote Oswaldo Salazar, quien llevaba puesto una bata blanca con la banda de color morado. El sacerdote, ya en la capilla, abrió un libro en el que estaban escritos los nombres de las personas fallecidas y de sus familiares quienes ofrecían por ellos la santa Eucaristía.
- Esta Eucaristía celebramos por el alma de Antonio Díaz. José Humberto, María Carmen, ofrece Antonio Córdova...Y de esta manera el sacerdote seguía con la lectura unos 15 minutos más.
En la tarde las personas comienzan a salir del cementerio, otras se quedan acompañando a sus seres queridos. Sisa Quilumbaquín, de 12 años, había decidido quedarse unos minutos más junto a la tumba de su abuelo; mientras sus familiares se retiraron a la casa; ella observaba con gran precisión cada detalle que se encontraba en el lugar del difunto. No se había decidido muy bien en qué lugar quedaría mejor la tarjeta que le escribió.
- Para mí es importante que la tumba de mi abuelo quede bien, ya que él nos está cuidando desde arriba.
Sisa adornó la tumba de la manera más bonita que puede imaginar un niño. Alrededor, colocó pétalos de diferentes colores, en la mitad puso piedras muy pequeñas, cada una a un centímetro de otra, sobre la cruz puso una corona de colores negros, rojos, violetas, azules y blancos, además, la adornó con ilusiones caracterizadas por su pequeña gran pureza, frente a la cruz puso en un jaro de vidrio un ramo de bellas flores.
Cuando el sol se iba ocultando , poco a poco se visualizaba la tenue luz de las velas, mientras unos guardaban silencio, otros rezaban asì:
- ¡Oh Dios! Nos mandaste honrar padre y madre. Por tu misericordia, ten piedad de mi padre y no recuerdes sus pecados. Que yo pueda verlo de nuevo en el gozo de eterno fulgor. Te lo pido por Cristo nuestro Señor. Amen.
Para ellos, orar por sus seres queridos permite que estos se acerquen a la luz divina y vivan junto a Dios.
A lo lejos se divisa sentada a una mujer junto a una tumba, es María Calderón, de 74 años, sostiene un bastón entre las manos, su mirada estaba perdida y pensativa, recordaba a su esposo Onorio Perez que falleció en 1970 en un accidente de tránsito. Junto a él estuvo desde las diez de la mañana y allí prefirió quedarse hasta que el día caía de a poco.
La lluvia cayó, la noche se volvió mucho más fría y los cartones no faltaron para cubrir las blanquesinas velas encendidas. Pese a la intensidad del aguacero, las personas permanecieron en vigilia.
El amor por aquellos que los dejaron es inmenso, saben que su partida no es más que un hasta luego, un te espero, un volveremos a vernos... saben que la única fuerza que los mantendrá unidos por siempre es el recuerdo y que cuando éste muera, también ellos morirán, mientras tanto permanecerán vivos por obra del amor.
Amanece, el alba se presenta majestuoso y lleno de energía, cobijada el pecho con el con el taita Imbabura y a sus espaldas con la mama Cotacachi. Desde lejos vienen caminando las primeras personas cargando alimentos cubiertos con pañuelos y luciendo su vestimenta típica: alpargatas, anacos, camisas bordadas con bellos colores y chalinas que adornan sus cabezas. Mientras tanto los puestos de venta se ubican frente al cementerio, estos ofrecen diversidad de frutas como manzanas, ovos, mandarinas, bananos, sandías, y otros productos deliciosos para acompañar la mañana fresca. La colada morada con las deliciosas guaguas de pan, el arroz revuelto y el ornado se ofrecen con amabilidad y cariño a los visitantes. Las coronas, flores y adornos para las tumbas, se comercializan también como parte de esta linda tradición. El ir y venir de la gente da vida a las calles, el saludo entre amigos, los abrazos y las palabras de cariño, se cruzan entre los finos hilos de las horas y quedan grabadas en el corazón del pueblo que acoge a propios y extraños.
Una vez dentro del cementerio se puede apreciar el compartimiento en que los difuntos fueron enterrados, unos en el suelo y otros en bóvedas o nichos. Juan Pijal, un joven de 18 años, lleva en sus manos un balde con pintura, una brocha y una pala; es quien desde las 7 de la mañana ofrece pintar las cruces, limpiar las lápidas, o quitar la hierba de las tumbas
- Estoy esperando que alguien necesite de mi ayuda, yo le cambio o le decoro la tumba al gusto del cliente.
A las diez de la mañana, el cementerio se vuelve repleto de personas que visitan a sus seres queridos, la familia se congrega en las tumbas y frente a ellas se sirven los alimentos que en vida fueron apetecidos por el difunto. Algo singular sucedía frente a la tumba número 203, un grupo de personas se concentraban en círculo y luego cada uno lanzaba de sus manos un líquido, después colocaron alrededor de la cruz del difunto unas dos velas, una roja y otra blanca, de esta manera procedieron a comer, entre todos se repartían la comida, había choclo, arroz con papas, fréjol, pan y coca cola.
Otra familia de indígenas llevaron la comida preparada en ollas, estas contenían arroz, papas, arvejas y pollo. En compañía de sus cinco hijas y sus yernos, Jimmy Tocagón, de 80 años, rezó en quichua sobre la tumba de su padre. Después del rezo compartieron la comida que llevaron, esta tradición la practica desde que era niño. Familias como la de Magola Benavides, dejaron un guineo, un pan y un baso de gaseosa sobre la cruz de su tío.
El silencio del cementerio de San Roque se interrumpió cuando a la capilla llegó un grupo de mariachis para acompañar a las personas con música acorde al momento. Los Tamaulipas, dirigido por Henry López, está conformando por una mujer y cuatro hombres; su vestimenta negra con bordes anaranjados da el toque elegante de un verdadero mariachi. Una de las peticiones por parte de los familiares era la conocida canción "En Vida", posteriormente entonaron El Aguacate dedicado a Xavier Cárdenas, que murió en 1980, -A él le gustaba esa canción, decía Carmen, una de sus hijas.
Una hora antes del medio día, dos monaguillos, ingresaron al cementerio tocando las campanas, vestían atuendos blancos con una banda roja, les seguía el sacerdote Oswaldo Salazar, quien llevaba puesto una bata blanca con la banda de color morado. El sacerdote, ya en la capilla, abrió un libro en el que estaban escritos los nombres de las personas fallecidas y de sus familiares quienes ofrecían por ellos la santa Eucaristía.
- Esta Eucaristía celebramos por el alma de Antonio Díaz. José Humberto, María Carmen, ofrece Antonio Córdova...Y de esta manera el sacerdote seguía con la lectura unos 15 minutos más.
En la tarde las personas comienzan a salir del cementerio, otras se quedan acompañando a sus seres queridos. Sisa Quilumbaquín, de 12 años, había decidido quedarse unos minutos más junto a la tumba de su abuelo; mientras sus familiares se retiraron a la casa; ella observaba con gran precisión cada detalle que se encontraba en el lugar del difunto. No se había decidido muy bien en qué lugar quedaría mejor la tarjeta que le escribió.
- Para mí es importante que la tumba de mi abuelo quede bien, ya que él nos está cuidando desde arriba.
Sisa adornó la tumba de la manera más bonita que puede imaginar un niño. Alrededor, colocó pétalos de diferentes colores, en la mitad puso piedras muy pequeñas, cada una a un centímetro de otra, sobre la cruz puso una corona de colores negros, rojos, violetas, azules y blancos, además, la adornó con ilusiones caracterizadas por su pequeña gran pureza, frente a la cruz puso en un jaro de vidrio un ramo de bellas flores.
Cuando el sol se iba ocultando , poco a poco se visualizaba la tenue luz de las velas, mientras unos guardaban silencio, otros rezaban asì:
- ¡Oh Dios! Nos mandaste honrar padre y madre. Por tu misericordia, ten piedad de mi padre y no recuerdes sus pecados. Que yo pueda verlo de nuevo en el gozo de eterno fulgor. Te lo pido por Cristo nuestro Señor. Amen.
Para ellos, orar por sus seres queridos permite que estos se acerquen a la luz divina y vivan junto a Dios.
A lo lejos se divisa sentada a una mujer junto a una tumba, es María Calderón, de 74 años, sostiene un bastón entre las manos, su mirada estaba perdida y pensativa, recordaba a su esposo Onorio Perez que falleció en 1970 en un accidente de tránsito. Junto a él estuvo desde las diez de la mañana y allí prefirió quedarse hasta que el día caía de a poco.
La lluvia cayó, la noche se volvió mucho más fría y los cartones no faltaron para cubrir las blanquesinas velas encendidas. Pese a la intensidad del aguacero, las personas permanecieron en vigilia.
El amor por aquellos que los dejaron es inmenso, saben que su partida no es más que un hasta luego, un te espero, un volveremos a vernos... saben que la única fuerza que los mantendrá unidos por siempre es el recuerdo y que cuando éste muera, también ellos morirán, mientras tanto permanecerán vivos por obra del amor.





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