Las gotas de agua caían fuertemente pues solo la arquitectura del puente me protegía. Miraba como éstas jugaban a la resbaladera en mi cabello. Cuando los carros pasaban, en las ventanas se observaban rostros opacos y pensativos, pero los colores que se formaban eran bellos. La poca hierva asomaba única entre el asfalto agrietado a pesar del poco gozo de su extensión. Todo, todo tenía su particularidad.
De repente el sonido del entorno cambió; pasos rápidos que producían estruendos, una barrera de viento remolinado hacía de escudo a un hombre serio y pensativo. Ya era poca la distancia para que llegue al puente, pues su figura se aproximaba más y más. Las nubes oscuras se agruparon sin dejar espacio al cielo azul. Los obstáculos: lluvia, piedras en el camino y charcos profundos se unieron para batallar contra el hombre misterioso, pero perdieron. Ya en el puente, con una aliento victorioso, alzó la mirada por unas milésimas de segundo y nuevamente la bajó, prosiguió con su destino. El y su paraguas rojo, caminantes de una poema nunca leido...
Autor: Martín Carranza.
